VilagarcÍa, my favourite railroad town

Estación de Vilagarcía, mediados 50's

Tengo que confesarlo, abiertamente y sin cortarme un pelo: me hubiera gustado tener un padre maquinista de tren. Pero maquinista a la antigua usanza, como aquellos valientes pioneros que conducían las ruidosas y por lo demás sucias locomotoras de cabina abierta, a semejanza del personaje que interpreta el fornido Jean Gavin en LA BESTIA HUMANA. Así los recuerdos de mi infancia hoy estarían colmados de polvorientos pañuelos anudados en la cara, como los que llevaban los asaltadores de trenes y ladrones de bancos del salvaje oeste, y ahora, en esta edad que uno tiene tan proclive a hacer balances y recordar batallitas aún a riesgo de que te endosen el sobrenombre de abuelo cebolleta, mis nostalgias serían otras, tendría una memoria moteada por el negro carboncillo y el resbaladizo fuel-oil.
También me conformaría con haber tenido una madre guardabarreras, o ya puestos a pedir y bajando un par de peldaños en una hipotética escala de empleos ferro/románticos, un simple padre ‘pica’, en cristiano comúnmente llamado revisor. Pero que yo sepa el único pariente cercano relacionado con la Red Nacional de los Ferrocarriles Españoles (me ahorraré el chiste de ‘rogamos empujen...’) es un tío muy parecido físicamente a Manolo Gómez Bur que se pasó media vida viajando en los coches cama, o como decíamos en casa, en los 'coche camas', Wagon Lits para los más finos. Y es que hubo un tiempo en que pertenecer a una familia de ferroviarios te convertía automáticamente en miembro de una clase social beneficiada con ciertos privilegios, como hacer la compra en el economato, el derecho a una vivienda con fachada en piedra de granito como las de las casas anexas a la estación vieja de Carril, y lo más apetecible, el hecho de poder viajar en tren de moca, lo que en lengua de Shakespeare se traduciría como "travel by the face".
Aunque no, no puedo quejarme, sería del todo injusto con mis progenitores. Que tu padre haya sido el carabinero del muelle a la larga te proporciona, además del digno apodo de ‘hijo del carabinero’, la satisfacción de volver a recordarlo cada vez que uno enfila el trayecto hacia su famosa ‘punta’. Entonces nuestro Muelle de Pasajeros era el destino por excelencia de los paseos festivos con olor a ropa de domingo suavemente ungida del olor a Dixan gracias a la moderna lavadora New Pol adquirida tras la prometedora verborrea comercial de vendedor de stand en La Feria (Exposición para el Desarrollo de Galicia, Fexdega para abreviar), o en su defecto estrujada en un pilón cualquiera con la grimosa pastilla de jabón Lagarto y secada al sol en una cuerda dispuesta entre dos palitroques espetados en alguno de nuestros verdes campos, sin ir más lejos en el campiño de San José.
A pesar de mis carencias hereditarias, no me duele en prendas declararme hijo absoluto del ferrocarril, y aunque pueda sonar rimbombante y hasta pretencioso,como veréis a continuación no es ninguna afirmación baladí. Tanto el trazado del ramal del ferrocarril que dio nombre a nuestro barrio como la estación de tren propiamente dicha marcaron los mejores años de mi vida, y estoy por asegurar que los de toda una generación que creció conmigo. Alrededor de ella jugábamos, pero no como suelen jugar los niños de ahora, no, sino con el recalcitrante menú de juegos típico de la "baby boom generation": la guerra, el fútbol, el escondite (inglés, of course) y los batracios.
Incluso nos aventurábamos dentro del enorme perímetro de la estación, porque contraviniendo su reglamento interno en cuanto a la prohibición de circular con bicicletas y ciclomotores dábamos vueltas y más vueltas con nuestras BH a gran velocidad, subiendo y bajando por las rampas y los muelles de carga, recorriendo sus naves Norte y Sur como si de una competición ciclista de velódromo se tratase.
¿Y esa especie de leyenda urbana no tan absurda que te hacía mirar bien por donde pisabas? Sobre todo al pasar por encima de algún cambio de agujas, porque era muy fácil que un pie se te quedase fatalmente atrapado entre dos raíles, como podemos ver en una angustiante escena de TOMATES VERDES FRITOS. A mí la sola idea de ver cómo se te acerca de frente el tren y tú sin poder liberarte del fatídico abrazo siempre me persiguió hasta atormentarme, ya que cruzar semejante mar de vías oxidadas se hacía imprescindible en nuestras continuas expediciones hacia el monte Patiño y los alrededores de A Escardia primero, y la sufrida conquista del empinado Xiabre después.
No contentos con merodear continuamente por la plaza de la estación, no pocas veces colocábamos sobre la vía principal varias hileras de chapas de refresco, de las que yacían al sol en un terraplén donde tiraban la basura de la concurrida cantina. Cada uno ponía las suyas con tiento y precisión, empleando un máximo de tres o cuatro, unas montando sobre otras... Y claro, cuando el tren pasaba en un pispás las soldaba y aplastaba completamente. Era el juego más excitante de cuántos se nos ocurrían, desde luego muy parecido al que aparece en EL MURO de Pink Floyd (Alan Parker, 1982), aunque no tan temerario, puesto que en la durísima fábula musical los críos utilizan balas en vez de chapas, y en verdad se te hacía un nudo en la garganta y hasta se te aceleraba vertiginosamente el corazón cuando el monstruo de hierro con cabeza verde -la enorme 3000- acechaba dando bocinazos una vez enfilada la curva de Cepillos Mariño (ojo avizor: en el comienzo de LOS SANTOS INOCENTES -Mario Camus, 1984- sale la enorme locomotoira 1614).
No te quedaba otra opción que mirarlo absorto y a una distancia prudencial desde tu mejor escondite, no fuera a ser que descubriesen tu fechoría, y rezar para que tu montoncito de chapitas Mirinda y Kas no se cayese del raíl con las vibraciones del convoy, porque las que se caían se las consideraba un fallo de planificación de su máximo responsable, y cuando llegaba la hora de inspeccionar por el sucio balastro para averiguar dónde demonios había ido a parar la fusión férrica resultante, era muy fácil adivinar el amigo con suerte que encontraba la suya, porque la norma en estos casos era pegar un triunfal grito de alegría que a la vez delataba dos cosas: tu suerte y tu pericia.

Tanto como el tren también lo estuvo el cine. Ligado mi infancia, claro está, y si cabe todavía más. Porque vamos a ver, ¿quién de mi edad no recuerda alguna de las funciones de las cuatro del Cine Arosa vista desde los incómodos bancos de madera de general? Aquel cine de héroes hercúleos de cartón piedra como Maciste, de karatekas cabreados repartiendo patadas a diestro y siniestro como Bruce Lee, de vaqueros perdedores, de cuatreros y forajidos sin alma siempre armando bronca en el Saloon a la mínima de cambio, y aunque suene a tópico citarlas, las pesadísimas películas de romanos, jesucristos varios y cleopatras suicidas.
Y es que de aquella no se concebía un domingo sin nuestra sesión de cine exclusivamente infantil, al igual que sucedía con otras diversiones y aficiones destinadas en mayor o menor medida para ser disfrutadas por nuestros hermanos mayores y nuestros padres. Si para los primeros tampoco se entendía un domingo sin el baloncesto matinal del Liceo, para los segundos eran sagradas las tardes de fútbol en los que su equipo favorito jugaba en A Lomba. Pasada la etapa imberbe del Arosa, sin solución de continuidad vendrían otras edades no menos excitantes asociadas "from here to eternity" a los intratables porteros del cine Cervantes, a las sesiones de la Escuela de RENFE por ocho pesetas con salida en autobús desde la plaza de Ravella, al embriagador perfume flis limón del Fantasio y al cine de arte y ensayo del Cine club Ádega en el Auditorio de la CAV. Pero esa es otra historia que algún día os contaré. I promise you.


MANUEL GUINARTE, Otoño 2012

Tren 125 Aniversario. 15/09/1998