From LumiÉre Brothers to John Le CarrÉ, PART II (1953-1977)

Vittorio De Sica dirigió ESTACIÓN TERMINI (1953), cuya trama se desarrolla en la conocida estación de Roma, y en su reparto figuran estrellas de la talla de Jennifer Jones y Montgomery Cliff. Otro título significativo del cine italiano: EL FERROVIARIO (Pietro Germi, 1956). DESEOS HUMANOS (Fritz Lang, 1954) es otra monumental película tallada a la medida de su protagonista, el bueno de Glenn Ford, y aunque destaca por el implacable engranaje de guión y fotografía, no deja de ser un remake de otro clásico imprescindible: LA BESTIA HUMANA (1938), dirigida por Jean Renoir y basada en un texto de Émile Zola. Ambas brillan por sí mismas, ambas derrochan fuerza dramática, aunque en la versión original las interpretaciones de Jean Gabin y Simone Simon rayanas en la violencia de género son de las que quitan el aliento. Y es que las oscuras y solitarias vías de tren de las estaciones siempre resultaron un lugar tentador para cometer tropelías y ocultar asesinatos.

Cuando a un magnate de Hollywood se le mete una idea en la cabeza, por muy descabellada que ésta sea tarde o temprano terminará llevándola a cabo. El productor Mike Todd empeñó todos sus recursos para adaptar al cine la novela de Julio Verne LA VUELTA AL MUNDO EN 80 DÍAS (Michael Anderson, 1956), un proyecto titánico del que sus colegas renegaban por lo elevado de sus costes. El reparto, encabezado por David Niven y ¡Cantinflas!, aparece lleno de cameos y hasta de grandes figuras del toreo de la época como Luis Dominguín. Por supuesto, vetustos y a la vez hermosos trenes a vapor del S. XIX surcan buena parte de esta superproducción de tres horas de duración.

El western, que aquí conocemos como «películas de vaqueros» o «del Oeste», aunque vivió su esplendor en la década de los cincuenta del pasado siglo con la introducción del Cinemascope o el 3D, constituye un género cinematográfico que abarca todas la décadas de la historia del cine y es el que más ha conectado con el mundo ferroviario por razones obvias: la fulgurante expansión del ferrocarril como medio de transporte, primero de mercancías y posteriormente de viajeros. Raro es el título donde no aparece algún tren, tan ligado a la conquista de las nuevas tierras del oeste como a la trepidante historia de la nación americana. El hombre del oeste, El último tren de Gun Hill, El hombre que mató a Liberty Valance, El juez de la horca, Duelo al sol, El correo de la muerte, Hasta que llegó su hora, Dodge, ciudad sin ley, Huellas de Fuego, Agáchate maldito (éstas dos últimas nos las han colado los fans de Charles Bronson y James Coburn). Del aluvión de co-producciones pertenecientes al subgénero conocido como spaghetti western tan sólo destacaremos LA MUERTE TENÍA UN PRECIO (Sergio Leone, 1966), por su inicio clásico con tren llegando a una estación. EL TREN DE LAS 3:10 (3:10 to Yuma. Delmer Daves, 1957) puede parecer un arquetipo de western tradicional, pero nada más lejos de la realidad. De entrada choca el formato panorámico elegido, muy elegante, muy al estilo de los melodramas de Douglas Sirk. Glenn Ford hace malo-bueno, un bandido cínico y despiadado que al final se hace amigo del granjero convertido en héroe. La tensión acumulada durante noventa minutos provoca que cuando el silbido del tren anuncia su llegada a la estación, uno libere más adrenalina incluso que en High Noon.

Y continuando con los polvorientos westerns, uno que difícilmente disfrutaremos en su formato original: LA CONQUISTA DEL OESTE (How the West was won. Henry Hathaway, John Ford y George Marshall, 1962). Y es que fue filmado en Cinerama, un desproporcionado soporte que intentaba evitar que la TV restara espectadores a las salas atrayéndolos con una enorme pantalla en forma de tres lados de hexágono. Si alguien la ha visto en vídeo habrá observado en la imagen dos molestas franjas blancas perfectamente verticales; precisamente son estas líneas por donde la pantalla original se inclinaba dando lugar a tres pantallas en una, proporcionado al patio de butacas gran perspectiva y una visión angular. Uno de los varios episodios que componen esta macroproducción titulado EL FERROCARRIL está dedicado al pujante «caballo de hierro» de la época de los pioneros. LA INDIA EN LLAMAS (Northwest Frontier. J. Lee Thompson, 1959) podría ser otro gran ejemplo de western clásico, si nos retrotraemos en el tiempo y en el espacio a los días en que la India ostentaba el título de joya de la corona del Imperio Británico. La acción se sitúa en la India, a principios del siglo veinte. Ante el anuncio de una sublevación de las tribus musulmanas contra el maharajá de la provincia del norte, Inglaterra envía al capitán Scott, cuya misión consiste en proteger al heredero del maharajá.

ZAZIE EN EL METRO
(1959) es la tercera realización como director del francés Louis Malle, un nombre imprescindible que años más tarde emigraría a los Estados Unidos (como harían otros muchos directores europeos), donde dejaría como legado una destacable filmografía (Atlantic City, Alamo Bay). Zazie, una niña de once años, viaja por primera vez a París con su madre divorciada. Su ilusión es montar en el metro pero una huelga de transportes le impide hacer su sueño realidad. Su tío, encargado de cuidarla, intenta distraerla pero la niña se escapa para vivir diversas aventuras. Cambiamos de escenario para zambullirnos de lleno en el neorrealismo italiano. Uno de sus máximos exponentes es el film ROCCO Y SUS HERMANOS (Luchino Visconti, 1960), protagonizada por unos jovencísimos Alain Delon y Claudia Cardinale. Una familia del sur de Italia decide huir de la pobreza buscando un futuro mejor en la gran ciudad. Para ello la madre y sus cinco hijos toman el tren a Milán, sin saber que la vida allí terminará por descomponer el núcleo familiar.

Estación Paddington. Próxima parada... ¡asesinato! Dormitando en su asiento del tren, Miss Jane Marple, una señora inglesa de avanzada edad, se despierta justo a tiempo para ser testigo de un estrangulamiento atroz a bordo de un tren. EL TREN DE LAS 4:50 (Murder, she said) es una producción británica de 1961 hecha a la medida de la actriz Margaret Tutherford, quien hizo aquí su primera aparición como Miss Marple, la querida detective de Agatha Christie; el film está basado en el best-seller de Agatha Christie “El tren de las 4:50 de Paddington” (también publicada como ¡Lo que vio la Sra McGillicuddy!). Rutherford, que alcanzó la fama cinematográfica con papeles de ancianitas encantadoras y chifladas en clásicos como Un Espíritu Burlón (David Lean, 1945) y La importancia de Llamarse Ernesto (Anthony Asquith, 1952), tuvo un éxito instantáneo con este papel.

Y por fin llegamos al año de EL TREN (John Frankenheimer, 1964), sin duda la mejor película de trenes de todos los tiempos. Burt Lancaster y Jeanne Moreau hacen la guerra por su cuenta y gracias a su arrojo altruista salvan del expolio alemán incontables obras de arte con un destino incierto. Por querer dotar del mayor realismo posible a la película, el equipo de producción puso tanto empeño a la hora de filmar el aparatoso choque de trenes que a punto estuvo de ocasionar una catástrofe. Tanto es así que el dramatismo del mismo llegó a asustar hasta a su propio director. Magistral, se mire por donde se mire. Para distraernos un poco y olvidarnos temporalmente de la Gestapo y sus temibles huestes, acompañaremos a los cuatro fantásticos de Liverpool en un viaje que comienza en Rowcombe Station (Somerset), y finaliza en la estación londinense de Marylebone. Sí, The Beatles y sus incansables fans.

Los títulos de iniciales de A HARD DAY’S NIGHT (Qué noche la de aquel día, 1964) y sus primeros veinte minutos están repletos de escenas de estación, e incluso dentro del propio tren tienen lugar vistosos momentos musicales del cuarteto, todos magistralmente dirigidos por Richard Lester. Treinta años más tarde, Ian Softley llevó a la gran pantalla las andanzas del cuarteto entre Inglaterra y Alemania, cuando ni siquiera eran cuatro ni se llamaban los Beatles, cuando sus cinco integrantes, entre los cuales estaban el malogrado Stuart Sutcliffe y el primer batería Pete Best, revisaban los clásicos del Rock’N’Roll en sombríos y sudorosos tugurios. Como George Harrison era menor de edad, en una escena de la BACKBEAT (1994) vemos ‘la deportación’ que sufre el combo al completo en una clásica despedida de tren en la estación de Hamburgo, con la bella fotógrafa Astrid como objeto de rubio deseo. También asistimos a la ‘reentré’ al cabo del tiempo del flamante quinteto en la misma y no menos bella estación germana.

Y, por más recurrente que haya sido a lo largo de la historia del cine, no menos vistosa es la despedida entre Catherine Deneuve y Nino Castelnuovo en el musical francés LOS PARAGUAS DE CHERBURGO (Jacques Demy, 1964). Ella (Geneviève, la muchacha que trabaja en una tienda de paraguas), estática en el andén. Él (Guy, un joven mecánico algo mayor que ella), dejándose llevar por el tren. La pareja tiene previsto casarse, pero Guy es llamado para cumplir el servicio militar en Argelia por un periodo de dos años. Como decía Lars Von Trier, "los musicales son un producto americano", aunque también los hay europeos. Sin abandonar el país galo aunque situándonos al otro lado del charco, también podemos deleitarnos con una esplendorosa Brigitte Bardot rescatando del videoclub VIVA MARÍA (Louis Malle, 1965), una comedia con apellido Buñuel que quiso ser una parodia del cine mexicano de la revolución. Atención al tren, bautizado como «El Libertador». Regresamos a los últimos momentos de la ocupación nazi de Italia. EL CORONEL VON RYAN (Von Ryan’s Express. Mark Robson, 1965) es otro excelente film bélico protagonizado por Frank Sinatra y Trevor Howard con estupendas secuencias de ferrocarril, como la espectacular persecución por los Alpes del convoy de los prisioneros evadidos por la aviación de Hitler a través de puentes y túneles para impedir que el tren llegue a Suiza.

Volvemos con el maestro David Lean, puesto que DOCTOR ZHIVAGO (1965) nos regala la vista con bellos paisajes y extensas panorámicas del tren por las estepas rusas. Rodada casi enteramente en Madrid y alrededores, ¿alguien reconoce la marquesina de la estación cuando Tonya –Geraldine Chaplin– llega en tren luciendo su famoso vestido rosa? El siempre interesante y comprometido director Arthur Penn es el responsable de una de las visiones más ácidas de la sociedad norteamericana. Enmarcada en un pequeño pueblo de Texas, LA JAURÍA HUMANA (The chase, 1966) se nutre de la hipocresía de una clase social frustrada cuyo desahogo consiste en emborracharse lo sábados por la noche para minimizar los efectos de un generalizado adulterio. El que sufre todas las consecuencias en forma de iracunda violencia es Robert Redford, recién fugado de la prisión y a punto de alcanzar México en un mercancías si no fuera porque escogió la dirección incorrecta, lo que le lleva a saltar sobre el río cuando el tren cruza un puente. Como en la guerra no todo iban a ser tragedias, TRENES RIGUROSAMENTE VIGILADOS (1966) del checo Jirí Menzel, nos acerca a la iniciación sexual del ayudante de un jefe de estación. UNA NOCHE, UN TREN (1968), del belga André Delvaux, retrata a tres hombres que se encuentran en un tren en circunstancias extrañas. Mucha filosofía y un desenlace fatal. La actriz principal es la enigmática Anouk Aimée.

Si nos fijamos bien en el cartel de EL ULTIMO TREN A KATANGA (Jack Cardiff, 1968) podemos leer: ¡Brutos! ¡Salvajes! ¡Héroes! Son mercenarios... ¡Y les pagan por ello! Del reparto, también mercenario, rescatamos a Rod Taylor, un diamante en bruto esta vez oculto en algún lugar del Congo. Natalie Wood y Robert Redford, una pareja cinco estrellas para PROPIEDAD CONDENADA (Sidney Pollack, 1966). Con un guión de Francis F. Coppola basado en una obra del gran dramaturgo americano Tennesee Williams, la historia ambientada en la época de La Gran Depresión contiene todos elementos argumentales que uno pueda esperar: deseos insatisfechos, mujeres de mala vida, temperatura asfixiante. Y por supuesto, no falta el típico forastero recién llegado al lugar. EL CONFORMISTA (1971), es uno de los mejores films de Bernardo Bertolucci; adaptación de la novela homónima de Alberto Moravia, lo que nos interesa especialmente no es el provocativo nexo de unión de unos deseos sexuales reprimidos con el fascismo imperante en la Italia de aquellos años, sino la secuencia llena de morbo y traqueteo que transcurre en el compartimento de la pareja interpretada por Jean-Louis Tringtignat y Stefania Sandrelli.
Martin Scorsese alcanzó la madurez en la dirección con Malas Calles (Mean Streets, 1973), si bien su trayectoria como cineasta comenzó a principios de los años sesenta con los consabidos cortometrajes de debut. EL TREN DE BERTA (Boxcar Bertha, 1972) constituyó su gran prueba de fuego al ser su primer rodaje “de estudio”. David Carradine y Barbara Hershey retoman la leyenda de Bonnie and Clyde, pero en vez de bancos esta vez asaltan trenes. VIAJES CON MI TÍA (George Cukor, 1972) está basada en una novela de Graham Greene. Al igual que Doctor Zhivago, también se rodó en España, y como era de esperar estación de Delicias se convirtió en un inmejorable plató donde se construyó el buffete comedor de la Gare de Lyon. Hasta le reservaron un papel a José Luis López Vázquez. A pesar del alto presupuesto, fue un fracaso de crítica y público.

EL PADRINO (1972) y EL PADRINO II (1974), dos obras maestras tan apabullantes como indiscutibles dirigidas ambas por Francis Ford Coppola. En la primera nos sorprende una pequeña maqueta expuesta en unos grandes almacenes; como es Navidad, su tren dando vueltas atrae la mirada de pequeños y mayores que sin duda sueñan con este juguete perfecto. Avanzada la historia, los Corleone se reúnen con otras familias mafiosas en una enorme sala presidida por un no menos enorme cuadro de un ferrocarril en la época de la conquista del oeste. Ya en la segunda parte, Michael (Al Pacino) se desplaza a Florida parar resolver sus asuntos en un moderno e impecable diesel propio de los años cincuenta, y en uno de los afortunados flashbacks que salpican la narración, un joven Vito (Robert De Niro) regresa a su Sicilia natal acompañado de su familia en un espléndido tren de vapor; convertido ya en flamante empresario del aceite de oliva, en su pensamiento sólo hay sitio para cicatrizar viejas rencillas familiares. ANNA KAUFFMANN (Pierre Granier-Deferre, 1973) vuelve a situarnos en la Europa nazi donde una joven familia huye precipitadamente en tren. Basada en una obra de George Simenon, Romy Schneider da vida a Anna, la joven judía que también huye de los alemanes.

Otra de outsiders, rebeldes anti-sistema de otras décadas más prodigiosas que recorren la América de la opulencia en busca de su destino (ahora en vez de la Harley Davidson cobra protagonismo el funcional raiload): EL ESPANTAPÁJAROS (Jerry Schatzberg, 1973). Significó la consagración de Al Pacino justo antes de su ascensión al estrellato con la extraordinaria Serpico. Le acompaña en el reparto el todoterreno Gene Hackman. Mel Brooks, parodiando y en ocasiones profanando todos los tics posibles de los diversos géneros dentro del cine, a su estilo inventó uno propio consistente en mezclarlos en clave de humor con un lenguaje actual cómplice con el espectador, acoplando a la vez el máximo de gags cómicos aunque sea con calzador (unos más logrados que otros, todo hay que decirlo). El resultado, la denominada «comedia del caos». SILLAS DE MONTAR CALIENTES (Blazing Saddles, 1974) es una de sus mejores creaciones junto con El jovencito Frankenstein, y comienza con una escena de lo que pudieron ser las infernales obras del trazado ferroviario en pleno desierto americano y donde sólo vemos a negros y a chinos trabajando como mano de obra cualificada bajo un sol abrasador (suponemos que tampoco faltarían los irlandeses).

Un precedente histórico, el sentado por PELHAM 1-2-3 (The Taking of Pelham One Two Three. Joseph Sargent, 1974). Se puede decir que este título inauguraba la moda de los asaltos al metro neoyorquino, y casi se le podría meter en el mismo saco del cine catastrofista de los setenta muy dado a especular con tiburones, terremotos o colosos en llamas. Entonces los cuatro secuestradores exigían ¡un millón de dólares! a entregar en el plazo de una hora, porque si no atendían a sus exigencias los pobres pasajeros convertidos en rehenes lo iban a pasar muy mal. Con Walter Matthau y Robert Shaw. Sydney Lumet hizo que nos enamorásemos del tren más lujoso del mundo. ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS (1974) constituye una excelente adaptación del mundo de Agatha Christie y su detective Poirot y una oportunidad de oro para descubrir todo el lujo y fastuosidad de este mítico tren con aires de leyenda.
En EL EXPRESO DE CHICAGO (Silver Streak. Arthur Hiller, 1976), un tren desbocado y sin frenos arrasa la estación de Chicago en una espectacular secuencia. Por cierto, en dicha estación Brian de Palma recreó para Los Intocables de Elliot Ness (1987) la archiconocida secuencia de las escaleras del Acorazado Potemkin (S.M Eisenstein, 1925). Las andanzas de John Travolta en SATURDAY NIGHT FEVER (John Bahdan, 1977) no serían lo mismo sin el metro que cruza su barrio: Brooklyn. Ya desde los títulos iniciales queda claro que es el medio de transporte ideal para la working class. La es escena final en la que Tony Manero viaja toda la noche en un solitario vagón hasta el dowtown de Manhattan para disculpase ante su idolatrada pareja de baile, está tan lograda que hoy sería de lo más alabada al encajar como un guante con la excepcional banda sonora de los Bee Gees.