SPANISH CINEMA, A LITTLE DIFFERENT, PART I (1943-1977)

Como no podía ser de otra manera, el cine español también quiso estar unido a la historia del ferrocarril, aunque debido sobre todo a una diferencia abismal de presupuestos el binomio tren-cine se fue consolidado unas veces a base de buenas dosis de ingenio y otras a coproducciones donde los dólares fluían a raudales, no olvidemos que nuestro país fue un día escenario de grandes superproducciones de Hollywood (El Cid, Doctor Zhivago), gracias a Mr. Samuel Bronston, los estudios Chamartín, y sobre todo al desierto y el far west de los incontables espagueti westerns que durante las décadas de los sesenta y setenta del siglo veinte se rodaron en pleno desierto de Almería. Nada que ver desde luego con lo que nos llegaba a nuestras carteleras, procedente en su mayoría de la potentísima industria americana del entertainment. El valor intrínseco de nuestras producciones cinematográficas reside no tanto en su espectacularidad y sí en los lugares comunes nos resultan mucho más familiares y son más reconocibles para el espectador que las grandes praderas llenas de bisontes, la estepa rusa o la cordillera de los Alpes.

En un anuario de RENFE correspondiente al ejercicio de 1959, el parque de locomotoras a vapor (carbón y fuel) se cifraba en unas 3400 unidades. Desgraciadamente con el simbólico «apagón del vapor», un acto presidido por el entonces príncipe Juan Carlos que tuvo lugar en la localidad madrileña de Vicálvaro el 23 de junio de 1975, comenzaría la lenta pero inexorable agonía de todas esas locomotoras consideradas obsoletas y condenadas a ser «canibalizadas», al simple desguace o un crudo abandono en la intemperie tras 127 años de tracción vapor en España. Todo en aras de favorecer la introducción a pasos agigantados de las modernas tracciones diesel y eléctrica, el nuevo símbolo de prosperidad y juventud de nuestros ferrocarriles reflejado en las portadas de la revista Vía Libre.
Así tenemos que en las películas españolas de época rodadas a partir de esa fecha casi siempre aparecen las mismas locomotoras –sobre todo la robusta Mikado, una máquina de 165 toneladas y 1500 CV.– porque éstas son escasas y porque su recuperación, como casi todo en este país, llegó tarde y se hizo no pocas veces mal. Eso en el mejor de los casos y cuando se dejan ver, porque en algunas películas y para no incurrir en garrafales fallos de ambientación mostrando una locomotora inapropiada, lo que vemos tan sólo son los coches de viajeros, y en otras únicamente las fotogénicas ventanillas que antes sí se podían bajar para facilitar las despedidas en las estaciones incluso con el tren en marcha, por mucho aviso y cartel disuasorio que hubiese atornillado a las mismas.

La primera producción hispana que merece reseñarse aquí es NOCHE FANTÁSTICA (1943), el típico producto de la histórica productora Cifesa con argumento chocante, una rocambolesca trama entre dos enamorados, su madre y un tipo afortunado que encuentra a su ‘ex’ gracias a ¡un descarrilamiento! En ES PELIGROSO ASOMARSE AL EXTERIOR (1945), basada en la obra teatral de Enrique Jardiel Poncela, una heredera emprende un largo viaje de Madrid a New York pasando por Buenos Aires. Más conocida es LA VIDA EN UN HILO (1945) de Edgar Neville, todo un referente en el complicado ejercicio de las casualidades entre personajes tan de moda hoy en nuestro cine. La idea era buenísima: Una mujer conoce a dos hombres en un mismo día. Uno es honesto y aburrido, el otro, un bohemio encantador. ¿A cuál de ellos escogerá?
EL ANDÉN (Eduardo Manzanos, 1952), la elegiremos como un referente indispensable de nuestro estudio, porque vista desde la distancia que supone el medio siglo transcurrido desde su realización, me sigue pareciendo una película muy tierna, con toques de humor a lo Bienvenido Mr. Marshal. Resulta que todo un pueblo se reúne en el andén de su estación para ver pasar como una exhalación al flamante tren TALGO, entonces de una modernidad hoy equiparable al AVE. Un día el jefe de estación –a punto de jubilarse– lo detiene sin motivo aparente y entonces se lía la de San Quintín porque los vecinos aprovechan, más que para visitarlo, para invadirlo a trompicones. Mientras tanto José Bódalo y Fernando Rey compiten duramente por la misma chica, la bella hija del jefe de estación. Mirando un poco más lejos, la modernidad del tren representa el comienzo del fin de la España tradicionalmente agraria, un conflicto que llevará al progresivo despoblamiento del rural en favor de las grandes ciudades. En CÓMICOS (1953) de Juan Antonio Bardém, varias secuencias importantes transcurren dentro de un vagón de pasajeros, por supuesto de segunda clase. Otros dos títulos de filmoteca: EL TREN EXPRESO (Leon Klimowski, 1954), con Jorge Mistral y Ana Hidalgo, y EL EXPRESO DE ANDALUCÍA (F. Rovira Beleta, 1956).

El Cine Español nunca ha sido muy amigo del sonido directo, incluso en la actualidad se siguen prefiriendo las salas de doblaje a la naturalidad que proporcionan las tomas directas de audio, a deferencia de otras cinematografías como la anglosajona donde el doblaje a posteriori es inconcebible. Una excepción la encontramos en LOS ÁNGELES AL VOLANTE (Ignacio F. Iquino, 1957), una comedia costumbrista típica de los años cincuenta rodada en las entonces impolutas calles de un Madrid aparentemente feliz y despreocupado. Aquí las tomas de voz se perciben con un poco de eco y reverberación, pero añaden frescura al capturar el sonido ambiente de cada lugar. El final es lo que nos interesa, la despedida en la estación entre Fernando Fernán Gómez y una bellísima Julia Martínez. Por el andén vemos pulular toda una serie de personajes hoy extintos: un vendedor de almohadillas para el viaje, y hasta un quiosquero ambulante con su puesto de revistas ‘sobre ruedas’. Tras escurrírsele torpemente la maleta de su amada debajo del tren y arriesgarse tontamente a quedar atrapado entre los ejes y una gruesa cadena, una vez que éste echa andar el joven enamorado corre por el andén con un clavel en la mano hasta que logra subirse y en un arrebato de pasión tira del freno de emergencia y consigue detener el tren, lo que aprovechan ambos para bajarse y correr por el mar de vías en dirección a su Madrid querido.

El tándem Rafael Azcona/Luis García Berlanga dejará para la historia de nuestro cine un puñado de títulos que milagrosamente lograron pasar el férreo control de la censura, en buena parte gracias a un sentido del humor subliminalmente ácido demasiado inteligente para ser comprendido por los suspicaces censores. PLÁCIDO (1961), riza el rizo criticando descaradamente los usos y abusos de cierta clase social reflejo de la hipocresía imperante en la España católica, apostólica y romana. Uno de los varias secuencias memorables tiene lugar cuando el tren de las artistas hace su aparición en la gélida estación para solidarizarse con todas aquellas familias pudientes que en la cena Nochebuena han decidido poner un pobre en la mesa.
CUPIDO CONTRABANDISTA (Esteban Madruga, 1962) es el estrambótico título de esta típica comedia española, pensada para el lucimiento del despistado Antonio Ozores, el cual viaja desde Ceuta a Madrid para visitar a su novia sin saber que lleva consigo unos diamantes robados. Interesantes secuencias dentro del compartimento del tren, y una magnífica oportunidad para ver cómo eran las estaciones de Renfe a comienzos de los años sesenta. Coprotagonizada por el gran Tomás Blanco. Francisco Regueiro dirigió en 1963 EL BUEN AMOR, una crónica exacta del cómo y el porqué una pareja de estudiantes huye literalmente en tren para escapar del irrespirable ambiente opresor impuesto por los dogmas de fe de la Iglesia y el franquismo, y así poder ser un poco más libres allí donde nadie les conoce.

Aunque parezca mentira y alguien se rasgue las vestiduras, también es de destacar la por otra parte horrorosa SOR CITROËN (Pedro Lazaga, 1967), ya que el padre de Gracita Morales en la susodicha película es un maquinista de tren, y en los constantes ataques de nostalgia la monjita recuerda cómo se subía a la cabina de la máquina de vapor donde con su papaíto jugaba y viajaba «de estrangis» y se lo pasaban «chupi rechupi». Ya de por sí los títulos iniciales, lo que antes conocíamos por “las letras”, valen su peso en oro, con ese soniquete cantado a lo “dabadadaba” típico de entonces y que hoy nos resulta tan fashion y cool. UN TREN PARA DURANGO reúne los ingredientes para calificarla de típico espagueti western: coproducción Italia/España, director y equipo técnico italianos, mezcolanza de actores varios entre los cuales están José Bódalo y Manuel Zarzo...
Otras películas del franquismo tardío un tanto cursis no obviaron el tren, como el musical dedicado a Andrés Do Barro EL LA RED DE MI CANCIÓN (Mariano Ozores, 1971) que incluye un videoclip pionero: O Tren. Y qué decir de la archiconocida saga del Botón de Ancla, en la que los madrileñitos de turno llegan entre brumas y canciones del Dúo Dinámico a la estación de Pontevedra en un moderno automotor antes de dirigirse en autobús a la Escuela Naval Militar de Marín, conquistar a las mocitas del lugar, hacerse hombres de provecho y si no les expulsan antes convertirse en flamantes guardiamarinas. Es parte del argumento de BOTÓN DE ANCLA (Miguel Lluch, 1960), segunda de las tres incombustibles películas de título similar dedicadas a las correrías de la famosa trinca.

Considerada una cinta de culto, PÁNICO EN EL TRANSIBERIANO (1972) del realizador Eugenio Martín, fue una especie de «Asesinato en el Orient Express» a la española, con un inquietante monstruo de los glaciares sembrando el desconcierto por todo el tren. Sorprendentemente contó con un competitivo reparto estelar: Chistopher Lee, Peter Cushing, Telly Savallas y Silvia Tortosa. Una helada sierra madrileña da el pego y hace las veces de ¡Siberia! Indispensable la fotogénica estación de Delicias (que también reconocimos en Doctor Zhivago), hoy sede del Museo del Ferrocarril, deliciosamente metamorfoseada para la ocasión en una terminal del ferrocarril con sabor oriental.

1973, año del atentado a Carrero Blanco, año del golpe militar en Chile. Año de la mejor película española de todos lo tiempos: EL ESPÍRITU DE LA COLMENA, dirigida por el gran y escaso Víctor Erice (El Sur, El sol del membrillo). El tren supone para la niña Ana, interpretada por Ana Torrent, una presencia mágica y mítica que viene de un mundo ignoto y misterioso. En sí el film es una velada pero feroz crítica a la España franquista de posguerra a la vez que un homenaje en toda regla al cine dentro del cine. Todo en estos páramos resulta desolador y frío, también la escuela con sus niños uniformados, y hasta las edificaciones que se caen a pedazos. Tierna y fantasiosa infancia, la que sin duda nuestros padres soñaban y ¿tuvieron? Héctor Alterio también recuerda aquéllos sus días inocentes atendiendo a las evoluciones de su tren de juguete (léase maqueta ferroviaria) en A UN DIÓS DESCONOCIDO (1977), de Jaime Chavarri.


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